Noche de amigos

Estoy un poco desvelado. Ayer llegué a mi casa a la 1 de la madrugada y, por más que hubiera querido dormir el día de hoy un poquito más, no me fue posible debido a mis responsabilidades como chofer que tengo cumplir estas dos semanas. Tengo que dejar a las 6:40 AM tanto a mi mamá en su trabajo, como a mi hermano en su escuela.

No suelo desvelarme. Pero el día de ayer lo meritaba de buena manera. Como a las 5 y media de la tarde recibí una llamada de mi amiga Leslie en la que me avisaba la tan esperada noticia: nuestra amiga Paulina y su hermano Carlos habían pisado ya tierras toluqueñas. Me dijo que Pau quería vernos ese mismo día, así que nos pusimos de acuerdo para reunirnos en un lugar de Metepec a las 8 de la noche.

El lugar que primeramente habíamos elegido estaba cerrado. Casi todo Metepec estaba cerrado por ser lunes. Esto nos angustió un poco, pero pudimos encontrar abierto un lugar llamado “La Tlanchana”. Es bastante conocido por esos rumbos. Total que entramos y nos sorprendió ver allí a un ex-compañero de la prepa que yo no había visto desde la graduación. Es padre poder ver a antiguas personas con las que compartiste cielo e infierno casi los 365 días del año, especialmente, si fuiste a una escuela de régimen autoritario tipo británico como a la que nosotros asistimos. Es grato vernos vivos después de todo eso. En fin, la vida continúa.

Pues me dio demasiado gusto ver a mi hermanita del alma después de tres años que la visité por última vez en Montreal. Pau y yo nos conocemos desde que babeábamos. Bueno, desde el kinder, pero aún así, ella y yo nos comunicábamos con sonidos guturales. Nuestro recorrido existencial estuvo unido a través de toda nuestra escuela, aunque no siempre fuimos inseparables. Hubo etapas en la que mi amiga fue secuestrada por una bruja de verruga ancha. (Brujita hermosa: take it easy) Vivía bajo su hechizo y era su esclava. Varias veces, quize rescatar a mi hermana Pau, pero los poderes de la bruja me sobrepasaban por mucho. Hacia finales de la secundaria, creo que empecé a ganar terreno en las artes de mi contrincante, por lo que Pau pudo salvarse. Mas no del todo. La bruja de verruga ancha seguía con sus maleficios hasta que ya no pudo más (ni yo) y tuvimos que unir fuerzas. De esa manera, la bruja y yo nos volvimos amigos.

Volviendo al tema, decía que Pau y yo pasamos juntos las peripecias de la vida escolar. Esto se acabó cuando Pau, su hermano y su admirable mamá Mari tuvieron que volar hacia tierras canadienses, a la provincia de Québec en Montreal. Sucedió después de terminar el cuarto semestre de prepa. Algunos pénsabamos que sólo permanecerían allí un año. Pero el año se ha alargado hasta el día de hoy: cuatro años y medio después. Ahora, todos ellos son felices ciudadanos canadienses.

No recuerdo si esta es la segunda o la tercera vez que Pau nos visita desde que se fue a Canadá. La última fue justo hace un año. Mas, aún así, es increíble como las personas pueden cambiar en un relativo corto lapso de tiempo. Quien me dejo anonadado fue su hermano. Cuando salió del coche, me pareció como si alguien invisible le hubiera inyectado aquella sustancia que le ponían a las galletas de Alicia. Tan pronto como pisó un pie fuera del auto de Leslie, comenzó a crecer y crecer, y crecer… y mis ojos no paraban de girar hacia arriba. Yo no soy alto en lo absoluto, tampoco soy chaparro, la última vez que me medí, mi altura era de 1.70. Pero la altura de Carlos me hacía ver como un pigmeo. Le llegaba a la panza.

Platicamos de nuestras respectivas vidas. Todo el momento fue muy agradable. A pesar de que nadie en la mesa tomó ni una gota de alcohol, parecíamos borrachitos felices. Teníamos una simpleza de aquéllas y hubo ciertas conversaciones en las que la risa predominaba más que las palabras. Empezamos también a hacer unos planes para el tiempo que Pau estará aquí. En dos semanas, tenemos que coordinar horarios para disfrutar la presencia de mi hermana mayor (por siete días).

Luego de estar un rato en La Tlanchana, teníamos un poco de pila para hacer algo más, así que nos fuimos a casa de Leslie. Por cierto, en la última hora de la Tlanchana, otra gran amiga y su hermano nos acompañaron: Mari (Makifei) y César. A Mari tenía dos años que no la veía, aunque nos habíamos estado comunicando a través de mails y messenger. A Cesarín me lo había encontrado ya algunas veces en rumbos de Toluca. Ellos no nos pudieron acompañar a la casa de Leslie, pero seguramente vamos a vernos estas semanas.

Nos quedamos como una hora y media más en el segundo lugar de reunión, tomando té y comiendo unas barras ALL-BRAN. Esa última hora ya no teníamos razón de ser. Nos reíamos por cada chícharo aplastado que encontraba en mi silla o por el amaranto atascado en la garganta de Leslie. Los minutos de risa rápidamente fueron seguidos por minutos de sueño. Y como me ofrecí dejar a Pau y a Carlos en su casa, tuvimos que irnos como a las 12 y media.

Hacía tiempo que no me la pasaba como la noche de ayer. Buenas risas, buenas conversaciones, buenos recuerdos y buenos amigos. Mientras la vida avanza, me hace feliz que haya elementos del pasado que nunca envejecen y que puedan mantenerse frescos por la riqueza que emanan. Los amigos son tales elementos. Así se acumulan durante nuestra existencia. Claro, algunos no podrán estar para siempre. Pero por lo menos, me gusta apreciar ese momento de dicha, cuando impirmen para siempre sus huellas en uno.

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