El olor del olvido

O Dios, acabo de quemar un pozillo de mi madre. Y está furiosa. La visibilidad de la cocina es nula con todo el humo que se creó. Fueron sólo hace veinticinco minutos que puse a calentar mi chai que ella tan amorosamente me había comprado. Según yo, regresaría de cinco a diez minutos para apagar la flama y disfrutar de mi bebida favorita mientras navegaba por el ciber mundo. El alzhaimer esta vez estuvo fuerte. Sólo me subí al cuarto de la computadora, coloqué mi derriére en el asiento de piel con ruedas, fijé mi mente en el universo cibernético y me extravié para siempre.

Esperen un segundo. Ni siquiera sé si sí fueron sólo 25 minutos. Tal vez fue más. Oh my! ¿Qué fue lo que me hizo desconectarme de manera tan drástica? A ver repasemos: Estaba disfrutando el blog de Veerle, seguía aprendiendo algunas cuantas cosillas de CSS, examinaba los tags más recientes en mi cuenta de del.icio.us y escribía unos mails que tenía pendientes.

Acabo de ir con mi madre para darle unos abrazos juguetones y calmarle el enojo. No sé que fue lo que le molestó más: que casi no me haya tomado el chai y lo haya echado a perder o que su bonito pozillo haya quedado como caramelo vulcanizado. O bien, que haya matado a los dos pájaros de un solo tiro.

Tengo que irme y rociar un poco de aromatizante por toda la casa. Ese olor me está asfixiando. Mea culpa.

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