En buenos términos

3:55 AM. ¡Rayos! Debí haber apagado el despertador sin realmente haber despierto. Hoy me tocaba dirigir el sadhana en el Instituto y para estos momentos ya debía estar en camino. Me levanté de la cama como cuando explota una palomita de maíz. Rápidamente, me cambié, me puse mi ropa para sadhana y llamé a un radio-taxi (a estas horas no puedo sacar mi coche, ya que la reversa anda fallando y me toma bastante tiempo echarlo a andar, sin decir el ruiderazo que hace). Rogué para que el taxi no llegara muy tarde -más o menos, me toma 10 minutos llegar al centro de yoga de casa de mis papás.

4:10. Llega el radio-taxi. Pensé: “Bueno, espero llegar en ocho minutos. Así tendré tiempo para terminar de leer el Japji y comenzar a guíar la serie de yoga.” Luego, cerré la puerta interior de mi casa y me dirijí con todo mi kit de sadhana hacia el portón para abrir la puerta exterior. Tan pronto como metí la llave en la chapa con la cual tengo una relación de odio, pensé: “Por favor, por favor, ten compasión de mí, no me hagas esto ahora.” La chapa diabólica no es una chapa convencional. Esta perfectamente diseñada para que el residente, una vez habiendo cerrado con llave, no pueda salir por los mismos medios. Me imagino que es la falta de aceite o la complicada estructura de la llave. No estoy seguro. Pero lo que sí, es que mi miedo se realizó. Giré una vez la llave y a la segunda… atascada. ¡No es posible! ¡No ahora! Empujé la puerta, la jalé, y mientras, prendía y apagaba la luz exterior para que el taxi viera que había una persona lunática tratando de escapar. ¡Dios! No quería despertar a mis papás y pedirles que me ayudaran. Mi padre me mataría. “¡No puedes abrir una puerta!” Lo sé, pero les digo: la chapa me odia. O yo odio la chapa.

Ví el reloj: 4:18. ¡Shaiza! (De origen alemán, esta expresión no sonaría tan galante en español, pero la uso porque no tiene esa connotación tan fuerte en mi conciencia y, sin embargo, me ayuda a liberar tensión. La aprendí cuando vivía en Vancouver.) Yo seguía atrapado allí y estaba temiendo repetir lo que había hecho unas semanas antes cuando me había pasado lo mismo. Me había salido por el portón y lo había dejado abierto, confiando en que mi papá lo cerraría después de que saliera de la casa -4:50 AM- para abrir sus pastelerías. Claro, esa vez, a mi padre no le gustó la idea y no dudó en decírmelo. Así que se me ocurrió despertar a mi hermano y pedirle, de favor, que cerrara el portón luego de que yo me fuera. Esto hice, mi hermano como que se medio levantó y al final, le dije: “Chris, no te vayas a quedar dormido.”

4:22 AM. Entré al taxi y nos marchamos. Dentro, mi mente empezaba a hacer de las suyas. ¡No voy a tolerar eso una vez más!¡Tienen que cambiar la chapa!Esto no me sucedería si viviera cerca del centro de yoga. – No creo estar aquí mucho tiempo, me tengo que regresar a vivir por allá. Allí me detuve. Agarré mi patrón y lo observé. Me di cuenta que mi mente me estaba bombardeando de nuevo con mi misma debilidad. Algo me incomodaba y ella ya comenzaba a buscar la salida.

Creo que es justo que, cuando no estás conforme con algo, tengas la libertad de elegir circunstancias más convenientes para tu salud mental, física o espiritual. Pero cuando esta libertad de acción es mal empleada y comienza a volverse la raíz de tu inestabilidad personal, entonces, esto es un patrón de conducta nocivo. Me tomó tiempo llegar a términos con esta realidad mía. Mas después de vivir en 9 lugares diferentes en el lapso de 3 años e, incluso, tratar exhaustivamente de mudarme de país, me dí cuenta que existía un problema.

Para poner el ejemplo, nunca me ha gustado Toluca, la ciudad en la que nací y viví mis primeros 17 años. Hacia el final de mi preparatoria, me urgía cambiar de aires y experimentar nuevas cosas. Me fui a Canadá, estudié y di clases de yoga allí durante un año. Eso fue saludable. Regresé para iniciar mis estudios universitarios en el Distrito Federal, en el ITAM. A pesar de que viví en Coyoacán durante mi segundo semestre (esa zona me encanta) y de que me iba muy bien en la escuela, decidí darme de baja y no continuar otro semestre. (Esto no se debió a una incomodidad. Es todo un tema completamente diferente.)

Por consiguiente, volví a Toluca. Lo cual no pensaba hacer ya. Durante mis primeros seis meses en Toluca, no viví en casa de mis papás; compartía una casa con dos amigas del yoga y planeaba volar de nuevo hacia Canadá para poder residir allí. Sin embargo, hay un dicho que va así: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes.” Ni me fui a Canadá ni a Inglaterra para estudiar música clásica de la India (Plan B) ni nada. En lugar, inicié un trabajo de traducción de tiempo completo. Este trabajo múltiple -pues también ha sido corrección de estilo, diseño gráfico, investigación acerca de temas especializados, entre otros detalles- fue suficiente razón para que me quedara en Toluca. Bueno, al menos hacía algo que me gustaba y me nutría internamente. Y así fue, durante seis meses de trabajo, mi mente estaba relativamente calmada, pues mi hogar se había vuelto un espacio pequeño enfrente de la computadora. Para junio, necesitaba un tiempo de descanso, así que mi verano lo pasé primero en Vancouver y luego en Española, Nuevo México. Estando en este último lugar, una situación hizo detonar de nuevo mi ansiedad y me hizo querer ir de nuevo a Inglaterra. Regresé a Toluca en julio. Aquí, tuve que meditar seriamente para poder relajar mi mente y definir qué es lo que quería hacer de mi vida. ¿A dónde quería ir? ¿Qué es lo qué buscaba?

De manera afortunada, la meditación tuvo su efecto y deserté conscientemente la idea de Inglaterra. Decidí firmemente aceptar mi situación y permanecer en México. Continué con la edición del texto de yoga, la cual me demandaba mucha energía para ese tiempo, y en septiembre, me mudé de regreso con mis papás. Luego de tres años de no vivir con ellos, volvía, más que nunca, a mi lugar de origen. Intuitivamente, sabía que había algo en lo que todavía tenía que trabajar.

En estos momentos, puedo decir que si no amo a Toluca y todo lo que esta ciudad me representa, por lo menos estoy aceptándola y enfocándome en todas las cosas positivas que me ha traído estar aquí. Y podrán haber todavía detalles con las que no estoy del todo cómodo, pero, realmente, estoy ejercitando el sacrificio de mi comodidad personal para poder practicar otros valores. Para poder estar con mi familia y disfrutar su esencia tal como es. Para poder seguir sirviendo en mi comunidad espiritual, y seguir aprendiendo de alumnos y compañeros de yoga.

Al momento de escribir esto, mi experiencia en este ejercicio ha sido liberador. Después de sadhana, esta mañana, lo de la chapa ya no tenía importancia y ya no quería correr hacia la próxima casa de Sat Dharm. Todo se siente mucho más sencillo, pues las exigencias creadas por la mente se extinguen en la luz clara de la conciencia. En realidad, ¿qué es lo que necesito esencialmente? ¿En qué lugar puedo encontrar la paz que busca mi alma? Hoy, la paz residía conmigo, en el silencio tranquilo de la mañana, sentado sobre una piel de borrego, en un pequeño centro de yoga, en la ciudad de Toluca.

Poco después, cuando llegué a mi casa, mi hermano me preguntó si lo había despertado en la madrugada. (O fue sólo un sueño.) Dije: Oh, oh y me reí.

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