Kensho: perspectivas espirituales

¿Cómo evitas que una gota de agua se seque?

Este domingo, luego de despertarme y tener aquella extraña sensación, me preparé para ir a sadhana en el centro de yoga y tener después nuestra junta mensual de maestros. Cuando llegué, eran poco más de las 4 y no había luz que indicara que hubiera una alma en el Instituto. Esperé unos minutos y, entonces, vi a Nirankar que se aproximaba para abrir el centro e iniciar el sadhana. Eramos ella y yo más el frío entumecedor de Toluca. Es una realidad que el sadhana en el Instituto rara vez sea asistido por más de cinco personas. A veces, puedes encontrarte cantando tú solo en la oscuridad de la madrugada. Bueno, pues esta vez éramos tres, ya que al poco rato llegó Ravi Kaur, mi maestra.

Hacia el final del sadhana, fueron llegando más maestros. Luego, tuvimos nuestro pequeño gurdwara y todos escuchamos lo que el Guru nos tenía que decir en esa mañana. Una vez terminado esto, nos bajamos para iniciar nuestra junta de maestros y disfrutar unos deliciosos wafles que Nirankar nos hizo el favor de llevar.

Esta junta no fue como muchas otras. Casi siempre iniciamos con un check-in para ver cómo está cada quién y qué está sucediendo con cada uno de nosotros. Este es el espacio que tenemos para compartir cualquier aventura, desgracia, felicidad o rareza que hayamos experimentado. Puede que haya personas que no les guste tanto este espacio porque hay veces que puede ser interminable, pues existen personas, como yo, que tienen la necesidad de vaciar todo lo que ocurrió en su existencia en el lapso de un mes. [Tal vez, por eso inicié este blog, para que mis participaciones en juntas futuras sean más breves y los demás, si quieren, puedan leerlo desde aquí. =)] Y la verdad, otras veces son tantas las cosas a las que uno les da vuelta que el resto de las personas se puede perder. Pero, de cualquier modo, me gusta que exista este espacio de compartir y aclarar la mente de manera verbal. Siento que así, entonces, se puede crear una interacción más comprensiva entre los maestros sin colar subconscientemente lo que traemos cada quien en nuestras cabezas.

Como dije, la junta no fue como otras. Rápidamente, se procedieron los puntos que había que tratar. Se hizo un consenso con respecto al sadhana, y tratamos de aportar ideas para lograr una asistencia más eficaz y períodica a nuestra práctica matutina, que en sí, debe ser diaria. Y ya cuando parecía que íbamos a terminar, levanté la mano y dije: “Bueno, yo necesito decir…”, y allí inició el check-in.

Tenía tantas cosas que decir, me sentía como un volcán a punto de hacer erupción. Y no porque estuviera molesto con algo en particular, sino porque el mes pasado fue tan ajetreado para mí que ya no lo podía contener yo mismo. Fue la catarsis de mi persona. No más. Sería tortuoso ir en detalle acerca de todo lo que me pasó a lo largo de este mes. No fue nada realmente miserable o desafortunado -a excepción que un tío muy querido falleció inesperadmente, en cambio, fue angustiante. La ansiedad de ver los rincones acochambrados de mi mente, el dolor punzante de un futuro incierto que no tiene remedio y la ilusión de mi estabilidad personal a punto de la ruptura debido a situaciones externas. Sí, hubo condiciones y hechos en el plano físico que detonaron toda una serie de eventos internos de desilusión y ansiedad. Pero la madre de todas mis angustias fue la posibilidad de que, a causa de esto, me desviara de mi camino espiritual y me perdiera en los grises de mi ser.

El dolor más grande fue ver como mi luz interna se iba desvaneciendo, como iba perdiendo el entusiasmo e iba cediendo a mis patrones pasados. Recuerdo que al inicio del mes, cuando me estaba dando cuenta de lo que se suscitaba en mí, fui con mi maestra y, tratando de contener las lágrimas, le dije que estaba notando una lucha interna y un desánimo espiritual. Mi mente se encontraba en dualidad con respecto al propósito de mi vida. Mi maestra, creo que con toda la intención, no me dio ninguna solución, sino que me dejó navegar a través de mi proceso. Sólo me dijo: “Sí, eso sucede. La mente puede ir de un extremo a otro muy rápido sin que te des cuenta. Y sin práctica diaria, esa luz se va.”

Durante todo este proceso, me encontraba haciendo un kriya que nuestro maestro, el Siri Singh Sahib, había dado en una visita a Europa y que Ravi Kaur nos había pasado en video el día de su cumpleaños. Desde el primer día, pude sentir la potencia del kriya y creo que, con el paso de los días, este aceleró y expandió mi purga a su máxima potencia. También me proporcionó un ancla; a pesar de haber dejado mi sadhana matutino y otras meditaciones que estaba haciendo, esto era lo único que mantuve firmemente en esos días de nublosidad. Y asimismo, al cabo de unos días, me proporcionó una respuesta. Esta, tan simple como el mantra que el Siri Singh Sahib siempre les recordaba a sus alumnos, era “mantente” o keep up. Pues así fue, me mantuve haciendo el kriya, aun cuando este me producía en ocasiones terribles dolores de cabeza o frío en mi cuerpo. Luego de unas semanas, comencé a notar la claridad en mi mente y surgío en mí la necesidad de impulsar todo mi proceso con más meditaciones. Así que tomé un libro llamado Sadhana Guidelines y, en las primeras páginas que abrí, mis ojos pusieron una atención especial a una meditación llamada Tapa Jog Karam Kriya. Cuando leí los comentarios sobre esta meditación, me sorprendí. Mi intuición me había guiado correctamente. Según, esta meditación guía el calibre humano, desarrolla la fuerza de la voluntad y da la capacidad para completar proyectos. Sin buscarlo, era justo lo que necesitaba en ese momento. Estaba “atascado” en un trabajo de traducción que había iniciado desde Enero y todo lo que me pasó en el mes había afectado esta tarea. Luego, busqué más cosas intuitivamente. Encontré que repetir 11 veces la estrofa 35 del Japji ayudaba a cumplir responsabilidades y deberes personales, este descubrimiento me guío a la otra meditación que supe que tenía que hacer. Una meditación para la línea del arco que había experimentado unos años atrás en el curso de Japji de Nuevo México, y que, ciertamente, había desencadenado grandes cambios para mí.

Para el día de la junta, ya tenía unos días con mi nuevo sadhana. Estaba mucho más claro en mi mente y podía decir, afortunadamente, que ya había pasado el tramo grueso (¿o angosto?). Pero los demás no lo sabían. Durante ese mes, me aislé intencionadamente y procuré casi no andar por los rumbos del centro de yoga -es como un ashram, casi todos viven por allí- a menos que diera clases. Y cuando por allí alguien me veía, me preguntaban: ¿Cómo estás?, yo decía “bien”. Así que lo despejé completito en esa junta, me despellejé. Vomité todo lo que tenía que vomitar. Pero no fue desagradable, la vomitada tenía un olor a flores. Tenía la experiencia de la victoria. La humilde victoria personal de ir a través de todos mis problemas y decir que mi práctica diaria de kundalini yoga me había salvado. Y claro, el agradecimiento por eso.

Lo que compartí esa mañana con mis compañeros fue, graciosamente, similar a lo que los demás estaban atravesando. Desde mí se originó una reacción en cadena y cada uno compartío su profundidad y su originalidad como ser humano, los desafíos y, algo en común, la fuerte certeza que nuestra práctica funciona y que nos ha ayudado (y ayuda) a mantenernos completos en los momentos más oscuros. Nunca había escuchado a mis compañeros del modo que lo hice esa mañana. Los escuché palabra a palabra, de corazón a corazón. Con una profunda compasión y el entendimiento de que todos estamos navegando en el mismo barco sobre el terrible océano del mundo.

Al final de la junta, cada uno describió con una palabra u oración de qué manera encajaban en el panorama general, en el grupo. Así, hubo la lucha para comandar a todo un ejército y sacarlo adelante, la no lucha para poder aceptar que Dios fluye a través de uno, el sacrificio de lo que tiene que morir en uno para que la luz emerja, y el viejo ahuehuete que, con su sombra y sus frutos, alivia y ofrece refugio a los que van a él.

Cuando todo terminó, había una sensación de ligereza y resplandor alrededor. Sentía una profunda conexión con cada quien y una nueva inspiración. Me di cuenta que, a pesar de todos mis problemas anteriores, tenía la bendición más preciada. Poder estar en una comunidad de seres humanos en donde existe tal amor, tal servicio, tal aceptación y devoción, sin importar nuestros errores o los desafíos.

…arrojándola al mar

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